Este nunca no esconde un ojalá
J.Sabina.
Te digo, mujer, que no sé si esta carta llegará algún día a tus manos.
He pensado mucho en el último día que te vi, en la coartada perfecta que me inventé para salir corriendo del cuarto. Esta vez, mujer, no inventaré coartadas ni pretextos, sólo estas palabras que saben tanto a tus besos que puedo sentir el vaho de tu esencia mientras pongo alguna coma o un punto; sin embargo, te digo Adiós, esta vez, lo juro, para siempre. Para no volver a tus tranquilos brazos, a tu amable y cariñoso abrazo que, por idiota o por sensato, decidí dejar solos aquella tarde de primavera.
La mala intención de estas palabras , Rita, no va más allá de decirte cuánto te amé; la forma arrebatada de quererte sobre todas las cosas, Amarte a pesar de mí mismo, de tu historia, de mi pasado, a pesar de la aventura que tuviste con uno de mis mejores amigos. Rita, te amé, como dice Sabina, "por encima del deber, del placer y el sufrimiento".
Cuántas veces , noches me pasé pensando en tu venida, en tu vuelta. Volviste. Volví. Cuántas veces, sin quererlo, te dediqué pares de versos, un sin fin de palabras que poco a poco se las fueron comiendo los gusanos y los celos. Tus malditos celos. Es que Rita, amor de mis amores, fuimos tan grandes y poderosos que la virtud era un asunto de idiosincrasia y no de virginidad. Fuimos, durante casi tres años, un collar de perlas árabe: cuenta a cuenta, como lágrimas, se fueron rodando por debajo de la cama.
Te amé Rita, a pesar de que tú no me amabas. Me amaste aún cuando yo no te amaba. ¿recuerdas cuando no me amabas? ¿por qué no me amabas, rita? ¿pensaste, alguna vez, que al final de los finales yo no te amaría? ¡Ay, Rita! ¿dónde voló aquel primer "te amo" que nos juramos una 13a noche de septiembre en aquel hotel de paso, de nuestro paso, de nuestro hotel? Se fue volando. Como mis ganas de ti, como tus ganas de mí. Rita, te amé con tanta libertad, porque no sé amar de otra manera. Te amé con tanta honestidad que no recuerdo, exactamente, qué día se fue todo al carajo.
Te pongo en este mismo sobre la foto de nuestro invierno en las montañas, la encontré el buró de mi cuarto en la casa del viejo. Si ese buró hablara... Ahí donde terminaba tu rop
a interior, la mía; mis camisas, tus blusas; los condones que nunca usábamos, el escándalo del celular que jamás contestamos.Te digo adiós, por fin. No como la última mañana en que me hablaste y me dijiste "Adiós, mi Manuelo" y callé como si alguna letra pronunciada me hubiera arrebatado el habla o porque, simplemente, no tenía más nada que agregar. Adiós, mujer furioso pétalo de sal. Me voy con libertad, en tanto la soledad no me persiga, a pensar en el futuro.
No sé, Rita, si algún día tengas este papel en tus manos. no sé si el cartero que encargue esta carta no sea un Panza cualquiera, mi Dulcinea desencantada. Sino llega a tus manos, algún feliz chismoso te dirá a grandes rasgos lo que yo te escribo con detalle. Adiós, Rita. Que bueno que nos vamos con nuestro amor a otra parte.Que bueno que todavía me recuerdas, que bueno que aún no te me olvidas. Espero que para este momento, casi al final, cerca del punto final, próximo al último clavo de ese ataúd de sueños que se formaron con mentiras y con fe, tengas todas tus pestañas; porque, como te lo prometí alguna vez, hoy que me voy, me quito un par para ponerlas en el sobre.
No vuelvas, amor. Si lo haces no hagas ruido, no hagas sombra, que yo estaré dormido con el nuevo, como tú lo fuiste, amor de mi vida.

