La nube rozó la mejilla del esclavo y éste se convirtió en polvo, polvo enamorado, eso quise ser yo, salir ileso de las malintencionadas garras del triunfo-fracaso. Pero no pude, entré en él como se entra a una casa incendiada, ofuscada por las llamas, que al final parece derrumbarse.
Llevo algunas semanas con una sensación tan extraña e inusual que no he podido dicernir si es eso: una sensación, o sólo un malestar, síntoma de la crisis o de la influenza.
Los días no se detienen y no he podido razonar a cabalidad lo que pasa. Subo fotos a mi facebook, le hablo a los viejos amigos, converso, me pone triste caminar, leo los viejos poemas, escucho las mismas canciones. Un amigo me dijo que se eso se llama nostalgia; a lo que respondí: "nostalgia de la muerte, sólo los putos", nada inteligente, pero me sacó una sonrisa.
En greigo, "regreso" se dice nostos, algos, significa "sufrimiento". Entonces, "nostalgia" es el sufrimiento por no poder volver, por la tierra madre de la que nos hemos despegado y por infortunia bucólica no volveremos.Eso es lo que siento, eso es lo que me produce tanta distracción en el trabajo, eso me quita el sueño con reticencia. Me ha invadido una triste leve, saudade, como en los campos de cebollas.
Fueron tres años de conocer, de caminar, de pasear por todo el país con la exclusiva empresa de reconocerme en otros rostros. Conocí muchas personas, muchos rostros es lo que aún no me identifico. Algunos son mis amigos, otros no sé dónde están ni si viven ni si quiera sé si me importa. Así pasa mi vida, "delante de la luz cantan los pájaros" y nunca me entero. A mis amigos, les dedico mi tiempo, mis lladas, mis entradas, a los demás, sólo les dedico ésta.
La primera estación fue hace tres años: noviembre de 2006. Guadalajara. La gente con la que viajé fue la indicada par iniciarme en el extraño arte de convivir con estudiosos de la literatura. mis amigos, dos, se portaron a todo dar conmigo, compartieron su tiempo y su espacio conmigo. Bebí con desesperación y asalté las buenas conciencias. Ahí conocí a las personas que guiarían mi curso congresero durante los siguientes 30 meses. Volví sin un quinto, con la miseria entre los dientes y con una sensación de fracaso que no cabía en la maleta.
Mi regreso a la universidad fue extraño, como si mis pies me jugarán la peor de las bromas y empezaran a despegarse del suelo. A subir, subir, subir, subir...hasta que mi cabeza tocó la punta más alta de la cúpula. Pasaron los meses y mi currículum se llenó de proyectos, de inquietudes. Quizá el congreso de Marzo de 2007 fue lo que me motivó a hacer lo que hice: organizar uno, quizá pequéño, pero fue el comienzo de una carrera que me trajo incendios fortuitos.
Cada año, la última generación de la licenciatura en letras hispánicas organiza un congreso interno,uno sin más miras que conocer los trabajos de otros compañeros y escuchar ponencias escritas por los profesores, esas que por tiempo o bulia, no dicen en sus clases. Ese verano nos tocó. Las cosas salieron a pedir de boca, quizá el tiempo fue el único complice de nuestros detractores, pero durante cinco días, bebimos, leímos, platicamos y conocimos gente poca madre, el único congreso que ha reunido tanta banda de otras universidades. En fin, esas vanalidades no fueron el asutno más importante durante esa semana. Estar con mis amigos, organizarlo entre cuates que, con todo y peleas, al final nos dimos el mejor de los abrazos. Eso fue lo mejor.
Pasaron los meses y llegué a la ciudad que hizo de mis veranos y de mis borracheras los mejores momentos de esos tres años: Guanajuato. La ciudad de mis mejores fiestas. De los poetas viejos, de los nuevos amigos, de la vetusta condición del diletante que no se rinde.
Después vinieron más congresos, muchos más. Hasta octubre del año pasado.
Tenía un nuevo trabajo, uno bueno. Mi tolerancia al alcohol era la de un pirata español y mi espíritu estaba tranquilo, aburrido y anodino. Llegó el día que esperamos casi dos años, la Ciudad tendría la palabra...sólo dijo mentiras, y cuando no, balbuceaba como un bebé. Todas las ciudades son así, al menos las importantes. Así pasaron las geografías congreseras, la manía por juntar a los futuros intelectuales y editores de este país.Descubrí que el amor por la ciudad sólo es la sinécdoque del amor por la persona, viajé y me enamoré, me desanamoré me convertí en judío converso, en cristiano viejo y musulmán.
Cada congreso tiene un abánico de anécdotas, gente que muere por no saber que la vitud más grande de un alumno de literatura es su silencio. Con golpes aprendí la lección, con sudor y mutis. Algunas noches pienso en regresar a cada ciudad y encontrar a la misma gente, perderme con ellos, en las noches en las madrugadas, entre sábanas y hojas de maguey; pero nunca vuelvo ni volveré, por que "al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver".
Así sólo me quedo con fotos, hojas impresas, firmas en papeles, gafetes y un sabor a podrido entre líneas. Dejo el mundo del cabaret literario, el de la comicidad de los versos, el de la mujer alivianada. Sé muy bien que los que siguen gozarán lo mismo y sufrirán más porque, a pesar de todo, tuve la fortuna de encontrarme con gente honesta, inteligente, acuciosa y avispada, a ellos me los llevo y les auguro el peor de los futuros: el éxito.
Gracias, sé que me extrañarán.
martes, 29 de septiembre de 2009
sábado, 12 de septiembre de 2009
Primer amor
Nunca había pensado tanto en un adecuado principio de texto. Nunca hablar de ella me había costado trabajo. Pero hoy no encuentro el punto preciso para empezar. Ni siquiera sé si quiero hacerlo. No debería. No sé si debo comenzar contando la historia que vivimos hace ya casi 8 años, o por nuestro triángulo amoroso: ella, yo y la soledad; o por la música que me recuerda su nombre, o por la elegía que escribo aún, o por la canción que me enseñó su cuerpo…no sé por dónde empezar: ¿por el día en que me dijo “no vuelvas más”, o el día que le pedí que me ayudara a conseguir algo de “eso” que me consumía infatigablemente? Quizá deba ir al grano.
La encontré un viernes, la encontré feliz, risueña, como siempre. Dibujadas seguían las depresiones de sus mejillas, tan profundas que ya no recordaba el fondo. Su cuerpo aún baila con ingravidez y sus piernas cada vez son más largas, más eternas, más inalcanzables. Lo único que perdió fue su perfume, su hedor de princesa, de casa limpia, de amor correspondido.
Iba con él. No muy alto, mestizo, ojos miel, barba descuidada y angustia en la espalda. Se besaban, religiosamente, cada dos palabras. Sus manos paseaban con tanta libertad por el cuerpo del otro que no pude resistir la tentación de mirar. Los miré tanto.
Él le susurraba al oído fragmentos de canciones amorosas, melosas e incomprensibles. Ella lo abrazaba sin reparos, esperaba que la noche los llevara a algún lecho solitario. A mí me angustiaba el recuerdo, pero fingía magistralmente mientras acariciaba la cintura de una chica. No pensaba acercarme y hablarle, pero fue inevitable.
— ¿Ya terminaste el libro de Bataille?
—No, aún no. He tenido otras cosas que hacer, no más importantes, pero sí más urgentes.
— Qué buena frase.
—Oye…
—Sí, dime
—Nada, nada…
Lo último que le dije fue: “está bien, yo las tomo”. Mientras ella posaba junto a sus amigas.
Toda la noche, puedo jurarlo, sentí su mirada. Como si escudriñara en mis palabras, buscaba que algún descuido llevará mis palabras hasta su nombre. La miré apenas y me miró. Le hablé, no me escuchó. Seguía bailando.
La vi caer junto a él en una colchoneta, cerca de una cama ocupada por otros dos amantes. Yo miraba desde afuera mientras insistía en llevarme a la chica de la cintura prodigiosa al otro cuarto. Espero que no sea la última vez que la vea.
Llevo varios días pensando en ella, buscando fotos, leyendo cartas. Sé que todo tiró, que no me lee, que no me busca, que jamás me piensa. No importa que una mujer siempre de pensamientos me olvide. No importa que una invención me retire su atención, al final del día podría inventar otra más, una más linda, más pura, una que sí apeste a amor correspondido.
La encontré un viernes, la encontré feliz, risueña, como siempre. Dibujadas seguían las depresiones de sus mejillas, tan profundas que ya no recordaba el fondo. Su cuerpo aún baila con ingravidez y sus piernas cada vez son más largas, más eternas, más inalcanzables. Lo único que perdió fue su perfume, su hedor de princesa, de casa limpia, de amor correspondido.
Iba con él. No muy alto, mestizo, ojos miel, barba descuidada y angustia en la espalda. Se besaban, religiosamente, cada dos palabras. Sus manos paseaban con tanta libertad por el cuerpo del otro que no pude resistir la tentación de mirar. Los miré tanto.
Él le susurraba al oído fragmentos de canciones amorosas, melosas e incomprensibles. Ella lo abrazaba sin reparos, esperaba que la noche los llevara a algún lecho solitario. A mí me angustiaba el recuerdo, pero fingía magistralmente mientras acariciaba la cintura de una chica. No pensaba acercarme y hablarle, pero fue inevitable.
— ¿Ya terminaste el libro de Bataille?
—No, aún no. He tenido otras cosas que hacer, no más importantes, pero sí más urgentes.
— Qué buena frase.
—Oye…
—Sí, dime
—Nada, nada…
Lo último que le dije fue: “está bien, yo las tomo”. Mientras ella posaba junto a sus amigas.
Toda la noche, puedo jurarlo, sentí su mirada. Como si escudriñara en mis palabras, buscaba que algún descuido llevará mis palabras hasta su nombre. La miré apenas y me miró. Le hablé, no me escuchó. Seguía bailando.
La vi caer junto a él en una colchoneta, cerca de una cama ocupada por otros dos amantes. Yo miraba desde afuera mientras insistía en llevarme a la chica de la cintura prodigiosa al otro cuarto. Espero que no sea la última vez que la vea.
Llevo varios días pensando en ella, buscando fotos, leyendo cartas. Sé que todo tiró, que no me lee, que no me busca, que jamás me piensa. No importa que una mujer siempre de pensamientos me olvide. No importa que una invención me retire su atención, al final del día podría inventar otra más, una más linda, más pura, una que sí apeste a amor correspondido.
martes, 28 de julio de 2009
El gladiador tranquilo (arte urbano)
jueves, 23 de julio de 2009
martes, 30 de junio de 2009
Lápida
domingo, 7 de junio de 2009
Adiós, partí
No soy padre. Nunca lo fui, al menos. La sangre se agolpa en el cerebro como una medicina imprudente. Quisiera salir, salir corriendo y decirle a todos que hay sangre en mis manos, decirle a todos que yo tramé el suicidio del cisne, como diría José Cruz. Pero no puedo, me resigno al silencio y a todos los síntomas.
domingo, 10 de mayo de 2009
Espero

Esta entrada se la dedico a mi amigo Jonathan Gutiérrez Hibler
Hace casi quince años, durante la copa mundial de futbol, en EU, un niño se sentaba, por primera vez a ver el futbol. Esas cosas no se olvidan, no tan fácil olvidaré ese partido: Alemania vs Bolivia. El partido inaugural del torneo. Durante esas fechas, como durante todas las copas mundiales, el futbol local, en todos los países, se detiene. Sin embargo, ya casi para el final de campeonato que ganara Brasil, durante la semifinal, Italia contra España (justo en el juego que Luis Enrique, delantero de la escuadra roja, recibiera un codazo en la nariz) me decidí a cambiarle al canal. En algún canal de tv. local pasaban un partido de la Femexfut: Necaxa vs Atlante. El juego pintaba terrible para la escuadra del equipo del pueblo. El equipo rojiblanco le metió un baile (7-0) al blaugrana. Manuel Sol, Luis Hernández, Nicolás Navarro e Ivo Basay eran los nombres que resonarían en mi cabeza durante todo el mes.
Mi niñez la pasé en un puerto no muy grande, fueron los ocho años más importantes en mi vida, crecí, conocí y me decepcioné, como todos los niños, en un ambiente playero-panbolero. Arquero nato, jugué en varios equipos de la liga infantil de Huatulco. Todos con nombres de equipos nacionales : El Cruz Azul, Pumitas, América jr., menos los equipos institucionales: Colegio Chahue, Esc. Prim. Adolfo López Mateos, y otro que prefiero no recordar. En las tardes, si no estaba entrenando karate, futbol americano, o pánbol, me la pasaba cotorreando mis amigos del condominio. Todos tenían equipos predilectos. Chivas, como en todos los pueblos, era el que más adeptos tiene. Americanistas perdidos, cruzazulinos perdidos, pumas ignorantes y tuzos extraviados. Cuando tuve que decidir el mío, en mi cabeza resonaba un partido: Necaxa contra Atlante, 7-0 a favor de los rayos. Desde ese momento, el Necaxa se volvió mi equipo, el que, de una u otra forma, representaba las ilusiones y principales características de un niño que apenas sabía que Necaxa era una presa en Puebla.
Necaxa se volvió mi alimento, todos en la escuela hablaban de las virtudes de los jugadores de sus equipos, yo me pavoneaba hablando de Alex Darío Aguinaga, Ivo, Nicolás, Aspe, Peláez, Matador, Cuchillo, Chema, Ratón Zarate, Esquivel...Los años trajeron nuevos jugadores, jugadores que aportaban lo que los viejos en su momento. Necaxa, siempre fiel a su filosofía, nunca fue un equipo goleador, nunca se tiró a la meta rival como animales hambrientos (hambreados). El gladiador tranquilo.
Ver las glorias de mis rayos en el Azteca, un Azteca sin público, y cuando se llenaba eran finales o semifinales, era lo mejor, ver al Necaxa ganar con 5000 (estoy exagerando) personas en la tribuna, me llenaba el corazón de orgullo: "mi equipo no necesita ser popular para ser el mejor". Esa consigna siempre ha perseguido y acotado mis decisiones. El estadio Azteca nos vio coronarnos, nos vio perder finales, nos vio saborear los triunfos más gratos de la historia de los rayos, sin embargo, nos vio hundirnos, nos vio tirados en el suelo, pinchados por la mano de Caín.
EL Necaxa después de ser el mejor equipo de la década pasada, es el peor equipo de la década actual, con el matiz que sólo los grandes tienen. El color rojiblanco la sangre y la paz, guerra y paz, como una dicotomía que nadie comprende y que todos presumen conocer. Necaxa cayó y calló. Nadie es profeta en su tierra, dicen los abuelos. EL Necaxa no es de Aguascalientes, es de mi Ciudad, es chilango.
He conocido pocos necaxistas, todos, ahora, deben sentirse como yo. Deben sentir esa herida en el pecho, esa sensación de vacío.
Se fue le Necaxa, se fue a jugar contra Socio Águila, contra Dorados, contra Mérida. Esperando que dentro de un año, el Necaxa sea campeón de ese torneo y vuelva.
Necaxa, aquí te espero, como Penélope esperó a Ulises.
sábado, 28 de marzo de 2009
Armando Ramírez y Salvador Elizondo, axolote y salamandra de un mismo charco
Los críticos, especialistas, editores y estudiantes o estudiosos de las letras han creado hitos y monumentos de algunos escritores mexicanos. Halos de falso encantamiento y auras místicas que oscurecen su análisis. Motes como: “de culto”, “para iniciados” y demás anotaciones han hecho, incluso de generaciones completas, mitos enclaustrados en los solipsismos herméticos que han clausurado cualquier intento de interpretación, o peor aun, han cerrado cualquier vía de acercamiento. De este punto, particularizamos más. Existen, ya no autores, sino novelas, cuentos o poemas que son parte de la beatificación literaria de estos autores. No menosprecio la calidad de estos textos; la intención es reflexionar sobre las pequeñas capillas que hay dentro de la iglesia canónica consolidada por Bloom en la primera mitad del siglo XX. En la literatura mexicana, los beatos más adorados por el séquito de sibaritas son: Los Contemporáneos, la generación de Casa del Lago y los intratables escritores del, como los bautizara David Toscana, Fascismo mágico o la generación del crack. Hay muchos autores consolidados en los pilares de las tesis más avezadas de licenciatura y posgrado en universidades mexicanas, norteamericanas y europeas. La lista sería larga, y como en todas las listas pretensiosas, faltarían casi la mitad de los santones de las letras mexicanas.
Paz, Chumacero, Aridjis, Pacheco, Monsiváis, Zaid y Montes de Oca ya prepararon inmensas antologías de poesía (algunos ya lo hicieron con narrativa) donde, como justas olímpicas, reúnen, quizá con el más precario de los caprichos, a los que son, fueron y serán, los poetas que cargarán sobre sus espaldas el peso de la piedra de Sísifo, que algunos de los mencionados se han encargado de rodar por toda su carrera literaria. Desde el principio de la licenciatura, el alumno tendrá un cargo especial, una misión que cumplir: salvaguardar y proteger los intereses del canon académico. Respetar los estereotipos y oficiar, aunque sea como acólitos, algunas misas en honor y nombre de los santos patronos.
Mientras hay autores condenados a retablos, hay otros condenados a las ediciones económicas. Los marginales, los olvidados. Aquellos que con voz atávica se condenaban, al menos ante sus coetáneos a las orillas más sucias.
Hablaré de mi caso, por la incompetencia declarada de no poder hablar por los demás. “Confieso que he pecado”, le dije alguna vez a mis profesores de la universidad, “leí con vehemencia a Armando Ramírez”. Mi penitencia fue una franca mueca de desprecio que aún recuerdo, con la que me decían: “Pero no puedes hacer tu tesis de eso, busca un autor que haya sido estudiado por la crítica, ya que tendrás fuentes de consulta y un público que podrá leer y refutar, o alagar, tu trabajo terminal”. Jamás he sido un tipo que se jacte de su sensatez. Corrí con el “chisme” con otro profesor. Uno que, a pesar de ser un gran aficionado a la materia hagiográfica literaria, tiene entre sus más recónditos y escondidos placeres, el arrabal, el lumpen y el lunfardo: lo marginal. Un correo donde tachaba de “insensatos” a sus colegas fue la respuesta primera, para después ofrecer su ayuda con mi trabajo acerca del autor tepiteño.
Sin embargo, el destino es azaroso y funciona de modos que no siempre están al alcance de nuestros sentidos (menos del sentido común). Seguía en pie mi propuesta de análisis, hasta que llegué a un curso monográfico de literatura mexicana, cuyo corpus sería únicamente autores de la generación de medio siglo: Amparo Dávila, Inés Arredondo, Juan Vicente Melo, Juan García Ponce, Sergio Pitol, José Emilio Pacheco y por supuesto, Salvador Elizondo. Comenzamos con Árboles petrificados y Música concreta, ambos volúmenes de Amparo Dávila, la siguiente lectura fue Fin de semana de Melo, para después seguir con La señal, Río Subterráneo, de Inés Arredondo, y muchos y aleatorios cuentos de Ponce, Pacheco y Pitol. Para terminar el curso, las lecturas serían exclusivamente de textos de Salvador Elizondo, “El chato”: Farabeuf, El grafógrafo, Cámera lúcida y algunos ensayos de Teoría del infierno. La doctora que guió el curso amenazaba con ahínco en formar un grupo de tesistas que analizarían las novelas más importantes de la generación. Sin embargo, hacía una especial pausa en su mirada cuando pasaba frente a mí. Me confieso culpable. En alguna clase, mientras ojeábamos algunas revistas, me detuve en una fotografía de Amparo Dávila cuando ésta era joven y poseía unas piernas que ya quisiera cualquier decatlonista. Sugerí con una mirada que la mujer estaba “buenísima”, lo que no supe, hasta segundos después, fue que alcancé a susurrar: “Estaba hermosa”. La maestra me miró y con una voz que arrulladora me dijo: “¿verdad que sí?”. No pude más que sonreír y asentir con la cabeza.
Yo ya había leído a Elizondo para cuando comenzamos las clases dedicadas a él. Mis lecturas habían sido esporádicas y descuidadas, sin embargo ya estaba en mí (y en las marcas, rayas y demás enmiendas que había hecho de mis precarias ediciones de Farabeuf y El grafógrafo)la incertidumbre que un autor como “Elizhongos” produce en sus lectores. Ese fervor por seguir leyendo y de consumir hasta la última gota de cicuta que goteaba de cualquiera de sus textos. Elizondo, después de las lecturas en grupo y de las discusiones en clase, me había hipnotizado, había clavado en mí su escalpelo más agudo y diseccionó cualquier recuerdo o imagen que tuviera yo de literatura mexicana. Por más de dos años he leído, casi de manera exclusiva, a Elizondo. Además de leer el mundo de referencias literarias, filosóficas y esotéricas que encontraba en sus textos. Me enfermé de Elizondo. Todo lo que escribía venía de él y para él: Eternidad, erotismo, inmortalidad, autoreferencialidad, fractalidad, etcétera. Me consolidé como parroquiano fanático de la capilla de San Salvador Elizondo, renovador y sabio de las letras mexicanas. Conocía todo lo que se había dicho sobre él: fuentes hemerográficas, bibliográficas, páginas de internet, comentarios y ponencias en coloquios y simposios. Defendía con fidelidad islámica a Salvador. Pasó el tiempo y mi espíritu sigue consagrado a leer y estudiar a Salvador, no todo se ha dicho, hay partes inexploradas que exigen una revisión cuidadosa y minuciosa.
Armando Ramírez se agazapó en mi memoria como un delincuente que, perezoso y resignado, se había acostumbrado a estar aletargado en la oscuridad del olvido, al menos eso pensé hasta hace unos días. Me encontré en la disyuntiva de preparar un trabajo para un Encuentro de estudiantes de literatura en la Ciudad de México. La temática se me antojaba prescindible: literatura y ciudad. Sin embargo recordé que, escondido en algún tenebroso rincón estaba un pedacito —20-25 líneas—de investigación sobre un autor tepiteño. Comencé a leer las insipientes líneas, recordé la fascinación que me causó aquella novela, el fervor con el que devoré las 226 páginas de un libro que, sopesado en su contexto, la crítica olvidó por descuido o por voluntad del Cardenal-Monsibarita mayor.
Busqué la novela de entre mi librero que, no es por presumir, es enorme y está repleto. Junto a ella había tres novelas más y un libro de cuentos, todos firmados por un tipo horrible, con una sonrisa nefanda y unos dientes infames: Armando Ramírez. Yo buscaba una: La casa de los ajolotes, publicada en el año 2000, con el cobijo de una editorial nada despreciable y transnacional. La primera página de la novela tiene, quizá, quince o veinte anotaciones sobre la naturaleza de los epígrafes, todas eran mías. Empecé a hojearla, revisé mis anotaciones, todas circundaban un tema: los ajolotes y su problema de identidad. La cargué en la mochila un par de semanas. Hasta que se cumplieron dos lecturas minuciosas. Continué el trabajo, con cuidado y sin él, redacté un trabajo nada indigno pero tampoco brillante. Sobre el problema de la identidad del mexicano proyectado en la naturaleza de los ajolotes. Cuando ponía mis últimas líneas, recordé, casi de manera epifánica, un cuento de Salvador Elizondo: “Ambystoma tigrinum”. Elizondo parte de la naturaleza dicotómica del ajolote, para disertar sobre el proceso de cambio y adaptación de la salamandra: ambystoma tigrinum. Armando Ramírez parte de la misma idea, pero concluye lo contrario, no cambia a otra especie, sino que permanecen como ajolotes. A pesar de que la confusión que parte de la idea de que los ajolotes son larvas de salamandra tigre, ya han sido aclaradas, Ramírez y Elizondo no lo sabían cuando escribieron sendas narraciones .
Ambos narradores cambiaron mi perspectiva de la literatura, han sido paradigmas para mis lecturas. Pero son autores diametralmente opuestos. Elizondo representa el snob más cínico y descarado, es el escritor más alejado de la etiqueta de “mexicano” que tanto nos gusta y satisface. Mientras que Ramírez es el más certero de los escritores mexicanos consagrado a su barrio, a su país, comprometido con su lengua y los rasgos de oralidad propios de su terruño. ¿Cómo puedo tener en mi librero, juntos, cuarta con portada, la edición del 75º aniversario del Fondo de Cultura Económica de Farabeuf con la modesta edición de Grijalbo de Crónica de los chorrocientos mil días en el barrio de tepito? Quizá no sean tan diferentes. Si bien ambos representan una unidad independiente que congrega grupos muy distintos de lectores, hay en ambos la misma obsesión por renovar, inspirados por la marginación y la anorexia filosófica que sufrimos los lectores. Ramírez empleó el caos y el desorden por rebeldía, Elizondo, con la deliberación que le permite haber traducido muchos textos de Joyce. Ramírez sólo somete a sus personajes al erotismo, brutal y violento, Elizondo somete al erotismo a sus personajes brutales y violentos, descarnados.
Si fuera un poco menos fetichista me negaría rotundamente a contarles que Elizondo y Ramírez se conocieron. Que una fiesta organizada por Edmundo Valadés, Armando Ramírez, premiado por su cuento “Ratero” y con Chin chin el teporocho vendiéndose en las librerías, ufano llegaba a la fiesta. Mientras que Elizondo, premio Xavier Villaurrutia, recién llegado de Francia, con Bataille y Heidegger en la punta de lengua, llegaba a la fiesta con las mismas ganas de un niño cuando lo llevan a misa de domingo. Edmundo Valadés, más amigo de Ramírez que de Elizondo, los presentó. Ramírez se quedó con la mano estirada mientras que Elizondo se negaba a cruzar palabra con el autor de “tan detestable novela”. Sin saber que Armando leía con ahínco Ulisses de aquel Irlandés que tanto admiraba Elizondo. Ramírez nunca fue un tipo descuidado en sus lecturas, conocía a Proust, Joyce, Beckett y demás autores que Elizondo tuvo en un pedestal hasta el día de su muerte.
Ramírez nació en 1951, diecinueve años después que Elizondo. Ramírez publica su primera novela en 1971, Elizondo en 1965. Sus carreras literarias han sido cercanas en fechas. Ambos publicaron en el periódico Unomásuno, ambos tuvieron (Ramírez aún) una vida periodística de abundantes publicaciones. Paradigmas ambos de una generación de escritores. En 1982, Ramírez publica una de las novelas más importantes para la historia de la literatura mexicana: Noche de califas, mientras que un año después, Elizondo publica el volumen de cuentos más importantes en su biobibliografía: Camera Lucida. Mientras Elizondo termina prácticamente con su carrera cuentística, Armando Ramírez empieza una serie de novelas que, años más adelante, se convertirán en las más importantes del autor.
Algunos críticos, con la pedantería que les da no estar borrachos, aseguran que Pu, de Ramírez, publicada para 1977, es una novela “de culto”, ya que expone, de manera magistral, los problemas más ínfimos del individuo. La violencia es, sin duda, el punto que comparten con mayor insistencia ambos autores. Elizondo muere en 2006, Ramírez sigue andando por ahí buscando nuevos retos bibliográficos.
El ajolote mexicano es una especie innata, se crea en fulgor de las circunstancias. Con el calor, dicen los antiguos, se formaba una salamandra tigre, con la humedad, crecía como un ajolote, así, con dos patas y una corona que parece de espinas, condenado a la ignominia y dedo inquisidor que lo denota como extraño, horrible. Mientras la salamandra goza de la fama que le da su ambigüedad, del color casi elegante de sus escamas y el calor que emana, decían, los alquimistas.
Ramírez es el renacuajo que jamás se convirtió en salamandra y que representa ante el mundo la idiosincrasia de la literatura escrita en México, siempre diletante, rebuscada, ensimismada. Y Elizondo es esa elegante y fanfarrona salamandra que se regodea en lo más alto del charco, que irradia fuego, representa al escritor prodigio, fino, elegante y snob. Ambos par de batracios, capaces de tragar saliva y pinole al mismo tiempo… que se criaron en charcos distintos.
Paz, Chumacero, Aridjis, Pacheco, Monsiváis, Zaid y Montes de Oca ya prepararon inmensas antologías de poesía (algunos ya lo hicieron con narrativa) donde, como justas olímpicas, reúnen, quizá con el más precario de los caprichos, a los que son, fueron y serán, los poetas que cargarán sobre sus espaldas el peso de la piedra de Sísifo, que algunos de los mencionados se han encargado de rodar por toda su carrera literaria. Desde el principio de la licenciatura, el alumno tendrá un cargo especial, una misión que cumplir: salvaguardar y proteger los intereses del canon académico. Respetar los estereotipos y oficiar, aunque sea como acólitos, algunas misas en honor y nombre de los santos patronos.
Mientras hay autores condenados a retablos, hay otros condenados a las ediciones económicas. Los marginales, los olvidados. Aquellos que con voz atávica se condenaban, al menos ante sus coetáneos a las orillas más sucias.
Hablaré de mi caso, por la incompetencia declarada de no poder hablar por los demás. “Confieso que he pecado”, le dije alguna vez a mis profesores de la universidad, “leí con vehemencia a Armando Ramírez”. Mi penitencia fue una franca mueca de desprecio que aún recuerdo, con la que me decían: “Pero no puedes hacer tu tesis de eso, busca un autor que haya sido estudiado por la crítica, ya que tendrás fuentes de consulta y un público que podrá leer y refutar, o alagar, tu trabajo terminal”. Jamás he sido un tipo que se jacte de su sensatez. Corrí con el “chisme” con otro profesor. Uno que, a pesar de ser un gran aficionado a la materia hagiográfica literaria, tiene entre sus más recónditos y escondidos placeres, el arrabal, el lumpen y el lunfardo: lo marginal. Un correo donde tachaba de “insensatos” a sus colegas fue la respuesta primera, para después ofrecer su ayuda con mi trabajo acerca del autor tepiteño.
Sin embargo, el destino es azaroso y funciona de modos que no siempre están al alcance de nuestros sentidos (menos del sentido común). Seguía en pie mi propuesta de análisis, hasta que llegué a un curso monográfico de literatura mexicana, cuyo corpus sería únicamente autores de la generación de medio siglo: Amparo Dávila, Inés Arredondo, Juan Vicente Melo, Juan García Ponce, Sergio Pitol, José Emilio Pacheco y por supuesto, Salvador Elizondo. Comenzamos con Árboles petrificados y Música concreta, ambos volúmenes de Amparo Dávila, la siguiente lectura fue Fin de semana de Melo, para después seguir con La señal, Río Subterráneo, de Inés Arredondo, y muchos y aleatorios cuentos de Ponce, Pacheco y Pitol. Para terminar el curso, las lecturas serían exclusivamente de textos de Salvador Elizondo, “El chato”: Farabeuf, El grafógrafo, Cámera lúcida y algunos ensayos de Teoría del infierno. La doctora que guió el curso amenazaba con ahínco en formar un grupo de tesistas que analizarían las novelas más importantes de la generación. Sin embargo, hacía una especial pausa en su mirada cuando pasaba frente a mí. Me confieso culpable. En alguna clase, mientras ojeábamos algunas revistas, me detuve en una fotografía de Amparo Dávila cuando ésta era joven y poseía unas piernas que ya quisiera cualquier decatlonista. Sugerí con una mirada que la mujer estaba “buenísima”, lo que no supe, hasta segundos después, fue que alcancé a susurrar: “Estaba hermosa”. La maestra me miró y con una voz que arrulladora me dijo: “¿verdad que sí?”. No pude más que sonreír y asentir con la cabeza.
Yo ya había leído a Elizondo para cuando comenzamos las clases dedicadas a él. Mis lecturas habían sido esporádicas y descuidadas, sin embargo ya estaba en mí (y en las marcas, rayas y demás enmiendas que había hecho de mis precarias ediciones de Farabeuf y El grafógrafo)la incertidumbre que un autor como “Elizhongos” produce en sus lectores. Ese fervor por seguir leyendo y de consumir hasta la última gota de cicuta que goteaba de cualquiera de sus textos. Elizondo, después de las lecturas en grupo y de las discusiones en clase, me había hipnotizado, había clavado en mí su escalpelo más agudo y diseccionó cualquier recuerdo o imagen que tuviera yo de literatura mexicana. Por más de dos años he leído, casi de manera exclusiva, a Elizondo. Además de leer el mundo de referencias literarias, filosóficas y esotéricas que encontraba en sus textos. Me enfermé de Elizondo. Todo lo que escribía venía de él y para él: Eternidad, erotismo, inmortalidad, autoreferencialidad, fractalidad, etcétera. Me consolidé como parroquiano fanático de la capilla de San Salvador Elizondo, renovador y sabio de las letras mexicanas. Conocía todo lo que se había dicho sobre él: fuentes hemerográficas, bibliográficas, páginas de internet, comentarios y ponencias en coloquios y simposios. Defendía con fidelidad islámica a Salvador. Pasó el tiempo y mi espíritu sigue consagrado a leer y estudiar a Salvador, no todo se ha dicho, hay partes inexploradas que exigen una revisión cuidadosa y minuciosa.
Armando Ramírez se agazapó en mi memoria como un delincuente que, perezoso y resignado, se había acostumbrado a estar aletargado en la oscuridad del olvido, al menos eso pensé hasta hace unos días. Me encontré en la disyuntiva de preparar un trabajo para un Encuentro de estudiantes de literatura en la Ciudad de México. La temática se me antojaba prescindible: literatura y ciudad. Sin embargo recordé que, escondido en algún tenebroso rincón estaba un pedacito —20-25 líneas—de investigación sobre un autor tepiteño. Comencé a leer las insipientes líneas, recordé la fascinación que me causó aquella novela, el fervor con el que devoré las 226 páginas de un libro que, sopesado en su contexto, la crítica olvidó por descuido o por voluntad del Cardenal-Monsibarita mayor.
Busqué la novela de entre mi librero que, no es por presumir, es enorme y está repleto. Junto a ella había tres novelas más y un libro de cuentos, todos firmados por un tipo horrible, con una sonrisa nefanda y unos dientes infames: Armando Ramírez. Yo buscaba una: La casa de los ajolotes, publicada en el año 2000, con el cobijo de una editorial nada despreciable y transnacional. La primera página de la novela tiene, quizá, quince o veinte anotaciones sobre la naturaleza de los epígrafes, todas eran mías. Empecé a hojearla, revisé mis anotaciones, todas circundaban un tema: los ajolotes y su problema de identidad. La cargué en la mochila un par de semanas. Hasta que se cumplieron dos lecturas minuciosas. Continué el trabajo, con cuidado y sin él, redacté un trabajo nada indigno pero tampoco brillante. Sobre el problema de la identidad del mexicano proyectado en la naturaleza de los ajolotes. Cuando ponía mis últimas líneas, recordé, casi de manera epifánica, un cuento de Salvador Elizondo: “Ambystoma tigrinum”. Elizondo parte de la naturaleza dicotómica del ajolote, para disertar sobre el proceso de cambio y adaptación de la salamandra: ambystoma tigrinum. Armando Ramírez parte de la misma idea, pero concluye lo contrario, no cambia a otra especie, sino que permanecen como ajolotes. A pesar de que la confusión que parte de la idea de que los ajolotes son larvas de salamandra tigre, ya han sido aclaradas, Ramírez y Elizondo no lo sabían cuando escribieron sendas narraciones .
Ambos narradores cambiaron mi perspectiva de la literatura, han sido paradigmas para mis lecturas. Pero son autores diametralmente opuestos. Elizondo representa el snob más cínico y descarado, es el escritor más alejado de la etiqueta de “mexicano” que tanto nos gusta y satisface. Mientras que Ramírez es el más certero de los escritores mexicanos consagrado a su barrio, a su país, comprometido con su lengua y los rasgos de oralidad propios de su terruño. ¿Cómo puedo tener en mi librero, juntos, cuarta con portada, la edición del 75º aniversario del Fondo de Cultura Económica de Farabeuf con la modesta edición de Grijalbo de Crónica de los chorrocientos mil días en el barrio de tepito? Quizá no sean tan diferentes. Si bien ambos representan una unidad independiente que congrega grupos muy distintos de lectores, hay en ambos la misma obsesión por renovar, inspirados por la marginación y la anorexia filosófica que sufrimos los lectores. Ramírez empleó el caos y el desorden por rebeldía, Elizondo, con la deliberación que le permite haber traducido muchos textos de Joyce. Ramírez sólo somete a sus personajes al erotismo, brutal y violento, Elizondo somete al erotismo a sus personajes brutales y violentos, descarnados.
Si fuera un poco menos fetichista me negaría rotundamente a contarles que Elizondo y Ramírez se conocieron. Que una fiesta organizada por Edmundo Valadés, Armando Ramírez, premiado por su cuento “Ratero” y con Chin chin el teporocho vendiéndose en las librerías, ufano llegaba a la fiesta. Mientras que Elizondo, premio Xavier Villaurrutia, recién llegado de Francia, con Bataille y Heidegger en la punta de lengua, llegaba a la fiesta con las mismas ganas de un niño cuando lo llevan a misa de domingo. Edmundo Valadés, más amigo de Ramírez que de Elizondo, los presentó. Ramírez se quedó con la mano estirada mientras que Elizondo se negaba a cruzar palabra con el autor de “tan detestable novela”. Sin saber que Armando leía con ahínco Ulisses de aquel Irlandés que tanto admiraba Elizondo. Ramírez nunca fue un tipo descuidado en sus lecturas, conocía a Proust, Joyce, Beckett y demás autores que Elizondo tuvo en un pedestal hasta el día de su muerte.
Ramírez nació en 1951, diecinueve años después que Elizondo. Ramírez publica su primera novela en 1971, Elizondo en 1965. Sus carreras literarias han sido cercanas en fechas. Ambos publicaron en el periódico Unomásuno, ambos tuvieron (Ramírez aún) una vida periodística de abundantes publicaciones. Paradigmas ambos de una generación de escritores. En 1982, Ramírez publica una de las novelas más importantes para la historia de la literatura mexicana: Noche de califas, mientras que un año después, Elizondo publica el volumen de cuentos más importantes en su biobibliografía: Camera Lucida. Mientras Elizondo termina prácticamente con su carrera cuentística, Armando Ramírez empieza una serie de novelas que, años más adelante, se convertirán en las más importantes del autor.
Algunos críticos, con la pedantería que les da no estar borrachos, aseguran que Pu, de Ramírez, publicada para 1977, es una novela “de culto”, ya que expone, de manera magistral, los problemas más ínfimos del individuo. La violencia es, sin duda, el punto que comparten con mayor insistencia ambos autores. Elizondo muere en 2006, Ramírez sigue andando por ahí buscando nuevos retos bibliográficos.
El ajolote mexicano es una especie innata, se crea en fulgor de las circunstancias. Con el calor, dicen los antiguos, se formaba una salamandra tigre, con la humedad, crecía como un ajolote, así, con dos patas y una corona que parece de espinas, condenado a la ignominia y dedo inquisidor que lo denota como extraño, horrible. Mientras la salamandra goza de la fama que le da su ambigüedad, del color casi elegante de sus escamas y el calor que emana, decían, los alquimistas.
Ramírez es el renacuajo que jamás se convirtió en salamandra y que representa ante el mundo la idiosincrasia de la literatura escrita en México, siempre diletante, rebuscada, ensimismada. Y Elizondo es esa elegante y fanfarrona salamandra que se regodea en lo más alto del charco, que irradia fuego, representa al escritor prodigio, fino, elegante y snob. Ambos par de batracios, capaces de tragar saliva y pinole al mismo tiempo… que se criaron en charcos distintos.
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