
La espalda se desnudó justo antes de la media noche. Se puso bocabajo y el frío que recorría cada piedra subía sobre sus poros. Se detuvo ahí. Desde donde me habló. La manecilla morbosa se detuvo también, y vigilaba, y decía, y vigilaba y hacía, y me decía que no pasaré, que me quedaré ahí como un delincuente de estrellas con un poco de sudor en la espalda.
Me levanté, salí a buscar un pinar seco que sirviera de consuelo. Nada. Un pedazo de nada esperaba en la herida del aire. Nuestra creación, nuestro universo estampado en las mejillas de algún surcador. Debo ir, decirle que no. Seguro mañana será igual. Me levantaré con la espalda desnuda. ¿Hasta cuándo? Cuándo le diré a este zumbido tormentoso que mi sangre es de agraz morboso. ¿Cuándo? Un mes no es suficiente.
Una gota y otra y otra y otra y otra y otra y otra y otra y otra. Casi está lleno. Ni una más. El rumor se filtra en la ventana abierta. y el silencio se hace estrépito. Esta vez no. No diré su nombre, no la mencionaré. Esta noche no. Está prohibido. No diré "ella". Esta noche no habrá ella. Será mi sudor y las gotas que caen en la herida del aire. Ella no. Será el frío y no la tibieza de sus manos. Será el dolor y no la rabia. Vencer el cansancio y recordar la altura del precipicio desde donde me arrojó.
Media noche. El sepulcro se vistió de crisantemos. La espalda se desnudó, otra vez, a la expectativa de los ojos trashumantes. De las manos frías que rozan. Pero no son sus manos. No. Esta vez no, por favor.
No quiero voltear. Y verla ahí. Sentada junto al cuadro de Klee que pintó el viejo. No quiero verla ahí, frente a mí. Frente a la exposición suicida de mi piel en la intemperie de la noche.
Esta noche, desde abajo.
Cuando me canse de escribir, seguramente, aparecerá como un gorrión que desciende con hojas de olivo a secar mi espalda.
Esta noche desde aquí, sé que no es ella. Ella se fue con el insistente zumbido que nuca probó mi sangre. Ella está allá arriba. Lejos, vestida de estrofa triunfal. yo acá abajo, vestido de piel de nadie. Desde aquí.
Terminé de sacudirme el sudor, me levanté de la cama como todas las noches, tome el lápiz y comencé a retratar el sueño. Mi madre entró y vació su bolsa frente a mí. El hombre de madera entró y mojó sus mejillas. Sonido y furia, ladridos de perros azotando la curvatura de la puerta. No pude moverme. Me quedé sentado observando, como anoche, desde aquí.



